Confieso que me he aprovechado de la situación, y quienes lo
han pagado han sido mis trabajadores, pero c'est la vie.
Todos vivimos unos años fantásticos, increíbles a nivel
general, dónde la riqueza corría por las manos de todos, sí, es
cierto, por unos más que por otros, pero todos nos vimos
beneficiados. Empresarios, autónomos, trabajadores, jubilados,
hasta los que no querían trabajar lo tenían fácil para ir tirando
sin dar un palo al agua.
Yo tenía mi empresa y durante esa época gané dinero como
nunca. Me di y le di a mi familia caprichos que jamás habría
imaginado. Me lo trabajé, y disfruté de ello con todo merecimiento.
Pero llegaron los malos tiempos. Empezó a caer la actividad, y cada
vez era más difícil vender. He de confesar, que mi empresa,
afortunadamente no se vió muy perjudicada. Supe reconvertir parte
de la actividad e hice algunas inversiones necesarias, al mismo
tiempo me apresuré a buscar nuevos mercados e incrementé
considerablemente las exportaciones. Superé el momento de crisis, o
mejor dicho, me sirvió para continuar ganando, como si nada hubiese
cambiado, de hecho, mis ganancias en los años dos mil ocho y dos
mil nueve fueron las mismas que en los cinco años anteriores.
Entonces, ¿podría haber aguantado cómo estaba? Sí, por supuesto,
pero decidí hacer un Ere.
Era el momento oportuno, y seguramente una vez superemos esta
crisis, difícilmente volverán a darse las mismas condiciones.
Después de bastantes años de abundancia, los salarios se situaban
por las nubes, las condiciones laborales eran mejores que nunca, y
el grado de exigencia a los trabajadores se encontraba en el nivel
más bajo de la historia. Tuvimos unos años que a los sindicatos no
podías decirles que no, porque te paraban la fábrica a la mínima de
cambio; a los trabajadores...
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1
—He estado
pensando en la muerte.
Bebe agua y baja la mirada,
sopesando lo que acaba de decir. Se repite la frase a sí mismo una
y otra vez. ¡La maldita frase! El calor del foco hace que el sudor
le empape la frente, la camisa se le pega al cuerpo y tiene la
sensación (y con toda probabilidad así sea) de que todas las
miradas se clavan en él. Bryan abre los ojos y mira al director,
que frunce el ceño y se concentra en alguna idea. Finalmente, el
director se levanta y exclama:
—¡De
acuerdo! Vamos a cambiar de nuevo: entras por la izquierda, bebes
un trago de agua y vuelves a dejar el vaso en su sitio, miras a
cámara y dices tu frase. ¿Podrás hacerlo?
“Joder, claro que sí. Para eso he
venido.”
—Todo
controlado.
—Bien, sal del encuadre, hagamos
otro ensayo. ¡Prevenidos! ¡Acción!
Bryan espera el chasquido de los
dedos del regidor, que indica su entrada en escena. La cámara
espera impaciente a su número uno, su mesías. El chasquido llega y
Bryan se adelanta y entra en el encuadre, lentamente, tratando de
captar con sus movimientos la expectación del espectador. El
solitario espectador frente al televisor. Esa conexión imposible
que se va a gestar entre él y los millones de televidentes. Su
figura, ante la cámara, se gira y queda frente a los ojos del
público. El perfecto retrato de la caja tonta. Bryan alarga la mano
hacia el soporte que hay a su derecha, el soporte con un
tapete rojo sobre el que espera un vaso rebosante de agua
cristalina, dispuesta a ser engullida. Y no se hace de rogar. El
trago es...
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Confieso que he robado y no pienso devolverlo. He metido la mano en
la caja, sí, lo confieso, pero también he ayudado al desarrollo
económico. Me he aprovechado, sí lo confieso, igual que todo aquel
que ha podido. Quizás no sea un dinero del todo limpio, pero el que
esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¿Quien no ha
pagado nunca en negro? ¿Quien no ha cobrado alguna vez dinero sin
declarar? Este es un país de chorizos, así que yo me quedo con mi
dinero.
Empecé de concejal de urbanismo, hace ya muchos años, siendo yo aún
muy joven. Empezaba la explosión inmobiliaria y por aquel entonces
hubo un cambio en la ley del suelo, y los ayuntamientos nos vimos
con la urgencia de tener que realizar planes urbanísticos. Cada vez
más gente quería construir, y por más sitios, nuevas
urbanizaciones, polígonos industriales, chalets particulares, obra
pública, nuevos edificios de lujo y hasta había quien quería
edificar protección oficial. Nosotros, los cargos públicos nos
vimos imbuidos en una vorágine para la que no estábamos preparados,
y nos dejamos arrastrar por los constantes cantos de sirena. Todos
queríamos edificar, todos queríamos contribuir al progreso, por el
bien del territorio que gestionábamos, y por el bien de nuestros
ciudadanos. Más y mejores servicios, nuevas comunicaciones, y en
definitiva: más trabajo para todos. Estábamos levantando un país y
no solo nadie lo ponía en duda, sino que nos lo recompensaban en
las urnas.
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Ignoraba cuánto tiempo llevaría amo llamándole cuando acertó a
escuchar sus gritos. Apenas la tormenta comenzó a descargar, se
hizo con un hueco en las cocinas desiertas donde acurrucar sus
huesos lejos del repiqueteo furioso contra los cristales, el
destello de los rayos y el estallido de los truenos, escondiendo la
cabeza entre los brazos y las piernas. Ya podía amo llamar, quia,
ni que en voz en grito lo hiciera. No tenía intención de acudir ni
a las más altas voces que quisiera amo proferir.
Amo sería el único responsable de la soledad de su último
suspiro, y solo amo. Si era cierto que su hora postrera
estaba cerca, no eran suyo ni le atañía ese asunto. Le debía
agradecimiento alimenticio, pero no vida sosegada ni sin fatigas
bajo ese techo; no desde que amo enviudó y en esa casa primero
faltó la alegría, y de poca en poca cantidad, la sombra de ama,
otrora luminosa, había prendido cada grieta de esos muros de
añoranza y tristeza. Y de algo más lúgubre todavía que la pérdida
del ser amado.
Sin embargo, los gritos no cesaban. No importaba lo mucho que
escondiera la cabeza o quisiera ignorarlos. La tormenta tampoco
remitía, y ahí escondido, bajo una alacena cubierta con una
cortinilla, se sentía aterrorizado. En cualquier momento una mano
invisible podía descorrerla e intentar sacarlo de ahí tirando de
donde fuera que consiguiera asirlo. Ni revolverse ni morder
serviría: esa mano llegaba siempre a donde quisiera llegar, y
cualquier dentellada lanzada contra ella finalizada en un abrupto
golpe seco de dientes. Y después el desconcierto, llegaba el pavor,
el mirar en todas las direcciones, girarse tan rápido como pudiera
intentando en vano ver esa mano, esa caricia helada que nunca
estaba ahí.
Salió temblando de su inseguro escondrijo hacia las habitaciones
de amo, sin saber realmente si aquello sería más seguro que
permanecer escondido...
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Más allá de la vida, para aquellos que nos proclamamos
vanidosamente “escritores”, siempre es día de difuntos.
Temerosos difuntos, cabría añadir.
Así nos puedes ver, día tras día, repartidos por los distintos
mostradores de Imaginaria. Aguardando por nuestros tickets y por el
número que contienen.
Allí Burroughs, con restos de coca en su sucio gabán y royéndose
nerviosamente las uñas. Allá Cervantes, apoyando su brazo manco
sobre Sancho y departiendo animadamente con Alonso Quijano sobre
entelequias que a nadie interesan. O el bueno de Howard Phillips,
sobresaliendo de la masa sobre la grupa de su adorado
tatara-tatara-…-abuelo, el primigenio Cthulhu, ganándose una amplia
explanada libre de empujones en la cola gracias a restallar
amenazadoramente sus muchos tentáculos.
Todos aguardamos, sí, aguardamos bajo el sol muerto que con su
extraña luz ilumina nuestra tierra de sueños mientras los mortales
duermen.
En aquel día, tras la larga mesa se encontraban la dispar pareja
de Leopold Bloom y Polifemo, el uno leyendo la larga lista y
llamando al siguiente turno, el otro cotejando el nombre y
rebuscando hasta encontrar la correspondiente papeleta y
entregársela, una mota entre sus enormes dedos, al nervioso
escritorzuelo.
Luego la víctima desenrollaría el papel, mientras sus compañeros
le lanzarían miradas de buitre y cuchichearían, con aviesas
sonrisas, a oídos amantes de intrigas.
Oh, aquel se quedó pálido. Oh, aquel llora. Oh, mira cómo se
desploma inconsciente ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
Pero cuando uno de ellos sonreía...
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