Lo que una vez se llamó Flora. 222 páginas.
Julián Sánchez Caramazana. 2011. Holocubierta.
A menudo cuando afirmo que no leo sinopsis (ni las incluyo en mis reseñas) alguien me pregunta que cómo demonios elijo mis lecturas. Además del ya expuesto “método Canetenc”, made in compañero de esta casa, tengo otros alternativos, como por ejemplo, dejarme engatusar con presentaciones como esta.
“Saga (La soledad del zombi) y novela han sido saludadas por la crítica especializada y el público lector como una de las primeras en España y Europa en conjugar con atrevimiento, acierto y calidad, de modo referencial, el ciclo literario de novelas cortas y relatos conocidos como los Mitos de Ctulhu del maestro de la literatura de horror Howard Philips Lovecraft, con la temática zombi.”
¿Eing? ¿He oído Lovecraft? ¡Sí! ¡Lovecraft! Uno de mis autores de culto favoritos, de ahora y de siempre, de esos que me gustan más que a un tonto un lapicero. Afilado en mi caso.
Otro factor decisivo ha sido la intensa y acertada labor de promoción de su autor en redes sociales para dar a conocer su obra. Sí, muchos son quienes acuden a tal socorrido (por lo gratuito) recurso, pero pocos quienes lo explotan con acierto y creatividad, consiguiendo su objetivo: crear expectación, generar a su alrededor la tela que atrape y conduzca a la lectura. ¿Cómo se hace esto? Yo os contaré cómo lo ha hecho Julián Sánchez Caramazana: cediendo todo el protagonismo de starlet principal a su personaje cañón: Flora.
Ella lo vale: Flora es una de las composiciones de personaje más estimulantes y fresca que me he echado a la cara en mucho tiempo. Posiblemente, no sea nuevo bajo el sol el enfoque, hemos nacido muy tarde y casi todo está inventado. ¿Cuándo se puede hablar de originalidad y no de no tener suficiente fondo lector para comparar? Con todo y con eso y más, Flora me ha parecido uno de los personajes más originales y auténticos que me he llevado a los ojos en mucho tiempo.
Tengamos en cuenta que es un bicho que no habla, malamente tiene conciencia de sí misma, así que darle profundidad y perspectiva, incluso con trazo fino, es todo un reto. No solo eso: como todo buen personaje, además de estar bien definido, pega en el lector, inspira, remueve. Por Flora se puede sentir repulsión, ternura, asco, compasión y la madre del cordero de todos los sentimientos humanos: empatía. Es un cañón de personaje, y eso que si abre la boca es para morder. Creedme, vais a enamoraros de ella. Todos querréis poner una Flora en vuestras vidas. Os robará el corazón. U os lo arrancará a zarpazos y se lo comerá, según tenga el día.
A menudo un cañón de personaje sustenta él solo por sí mismo la justificación completa de una novela. Pero este no es el caso, aún hay más. La profusión de referencias que delatan el profundo conocimiento del autor de buena parte de la literatura de terror clásica del siglo XX (no solo de Lovecraft vive el lector de terror) es abrumadora. ¿Es Flora un seminario de literatura nivel avanzado? Rotunda y categóricamente: NO. Al contrario, las influencias de las que beben fluyen con naturalidad. Quienes pillamos los guiños, como tal los interpretamos y los disfrutamos como locos, con la complicidad de quienes nos reímos de una broma privada que solo nosotros entendemos. Los que no pueden continuar la lectura ignorando todo lo que no sea la historia y sus protagonistas.
Por último, el giro final se las trae. El cierre de la novela es impecable. Deja cerradas prácticamente todas las subtramas sin por ello menoscabar la puerta abierta a la continuación de lo que será una trilogía, “La soledad del zombi”. Repito: amaréis a Flora. A quién le vais a coger un poco de manía con el giro final no es a ella, precisamente. Hasta aquí puedo leer. No me termina de gustar la cara con la que está mirando Flora desde la portada ni lo que tiene pensado hacer conmigo si revelo más contenido sobre el libro.
En cuanto al estilo y narrativa, encuentro dos detalles algo cuestionables desde mi punto de vista.
Los continuos cambios de voz narrativa, tanto de persona como de tiempo verbal. Es curioso que me queje yo de esto, porque a menudo me quejo de lo contario, de estructura excesivamente lineal como si los autores asumieran con ligereza que los lectores somos incapaces de ir más allá de “la eme con la a, ma”.
Pero entre el exceso y el defecto debe haber un intermedio razonable, y en el caso de “Lo que una vez se llamó Flora” los cambios son vertiginosos, innumerables y tal vez demasiado bruscos. ¿Deformación del oficio de microrrelatista? Intuyo que sí. Muchos pasajes del libro podrían perfectamente tomarse aislados como microrrelatos y da la impresión que el autor los cose para componer escenas a modo de patchwork artesano. No todas las costuras tienen la continuidad adecuada para pensar en una lectura más o menos lineal.
Sin embargo, los pasajes en los que se describen las profundidades de la ciudad, los túneles, las grutas, los bichos, sus movimientos y comportamientos, son geniales. Cumplen a la perfección su misión de mostrar un submundo asfixiante, claustrofóbico, pesado y lento fuera del canon de nuestra percepción, mostrado desde las reglas particulares del otro universo en el que quedamos completamente inmersos, completamente absortos. Y por supuesto, horrorizados.
El segundo detalle que no me termina de convencer son los “jejejéss” y “jajajás”. Me resultan molestos por dos motivos: creo que son elementos más propios de viñeta de comic que de texto literario. Las personas nos reímos, no decimos jajaja. Y segundo porque los considero innecesarios, no aportan nada al discurso de los personajes que no sepamos ya. Los personajes se nos presentan bien definidos y dibujados de modo que se capta perfectamente los diferentes tonos de sus voces.
Asumo que ninguna de estas pegas será grande para alguien que sí sepa juntar la eme con la a sumado al resto de bondades que ofrece esta historia. Igualmente asumo que seremos legión quienes estaremos dando irritantemente la chapa a las puertas de Holocubierta para la publicación de los siguientes volúmenes de la saga hasta que nuestros perversos deseos sean satisfechos. Flora engancha. Queremos más.


















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