
Aunque no es el sitio más apetecible donde pasar un viernes por la tarde, el camposanto está bien cuidado y no resulta demasiado tétrico. Estoy sola allí. Tan sola como me he encontrado durante media vida.
No me puedo quejar: a mis treinta y cinco años he tenido una existencia cómoda. Eso sí, no he tenido padre. El matrimonio se rompió cuando yo apenas era una cría cuya única preocupación era jugar con muñecas y colorear cuadernos de dibujos. En compensación, he crecido con una madre y una abuela sobreprotectoras. Por lo que sé y lo poco que recuerdo, los primeros años tras la separación sí que tuve contacto con mi padre. Me recogía en el portal de casa y me llevaba a hacer lo que a mí me apeteciera en cada momento, sobre todo corretear al aire libre en algún parque cercano. Creo recordar que me observaba con ternura mientras jugaba. Se mantenía afectuoso pero distante y me trataba con una delicadeza digna de un anticuario manipulando un jarrón de la dinastía Ming.
Cuando me devolvía a casa, a veces abría la puerta mi madre y otras la abuela. En realidad, era indiferente quién lo hiciera porque el resultado era el mismo: discusiones y más discusiones. Aunque yo ya hubiera llegado mi cuarto, desde allí podía escuchar los gritos, los reproches y el portazo posterior. Poco después, la abuela entraba en mi habitación seguida de mi madre y me sometía a un interrogatorio propio del FBI, al cual yo respondía con todo detalle. A continuación, comenzaba una letanía que no tardé en aprender de memoria: la abuela siempre decía que mi padre no me cuidaba bien; que no se preocupaba de mí ni de lo que me pudiera pasar; que creía que con dar algo de dinero ya cumplía con su labor de padre. En definitiva, que no me quería. Y mi madre le daba la razón callando. El tiempo, que acaba poniendo las cosas en su sitio, le dio la razón a las dos.
Las visitas de mi padre se fueron espaciando hasta cesar por completo. En casa se dejó de hablar de él de manera fulminante, como si hubiera muerto. Pronto desistí de hacer preguntas y relegué su recuerdo a un cajón olvidado de mi mente, cerrado a cal y canto.
Conforme fui creciendo comprendí que la existencia de mi padre no había sido tal, sino un espejismo de pesadilla en el oasis familiar. Habría olvidado hasta su nombre si no fuera porque lo llevaba escrito en el reverso de mi documento nacional de identidad. Fueron mi madre y la abuela quienes estuvieron a mi lado en cada momento de mi vida, tanto en los más insignificantes como en los más importantes. No me acordé de él en mi primera comunión, ni cuando terminé los estudios y tuve que elegir la carrera que probablemente determinaría mi futuro. Tampoco cuando me casé y menos aún cuando me divorcié.
Nunca le eché en falta: para mí también estaba muerto y es lo que siempre le he dicho a mis parejas a la hora de hablar sobre nuestras familias. Un padre que te quiere no desaparece de la noche a la mañana y deja de ponerse en contacto contigo sin motivo alguno.
Para eso no hay justificación posible.
No le volví a ver hasta antes de ayer, y tampoco le reconocí cuando su rostro salió en las noticias y en las portadas de varios periódicos. No era de extrañar después de tantos años. Me quedé paralizada cuando dijeron su nombre en el telediario: Gonzalo Peñalba. No es un apellido muy común el que compartimos. Al parecer, mi padre había rehecho su vida. Se casó y tuvo dos hijos más, a los que espero que diera todo el cariño y amor de los que yo me vi privada. También supe que no se había cambiado de ciudad, solo se había trasladado al otro extremo, a una nueva urbanización de casas adosadas situada a las afueras, en un entorno tan idílico como aislado. Se ve que le había ido bien.
Desde la reaparición en escena de mi padre hace dos días, mi vida entera se ha convulsionado, llenándome de dudas y haciendo que me replantee toda mi existencia. En los medios de comunicación se dijo que un cortocircuito provocó un incendio en un chalet contiguo y rápidamente se propagó a la casa donde vivía mi padre con su nueva familia. Los bomberos tardaron en llegar, quizá porque fueron avisados tarde, quizá por la inaccesibilidad de la urbanización. Entretanto, las cortinas, mantas, alfombras y juguetes ardieron como leña seca y alimentaron el fuego de forma incesante. Mi padre sacó como pudo a su mujer y a los niños del gigantesco horno en que se había convertido la casa, marcado por las caricias de las llamas y medio asfixiado por el humo. Nadie entendió por qué volvió a lo que acabó siendo su pira funeraria cuando su familia estaba a salvo fuera de ella.
Los bomberos le encontraron en el suelo de su dormitorio, bocabajo, con las manos apretadas contra el pecho. Una de ellas protegía una fotografía deteriorada no solo por el incendio, sino también por el paso del tiempo. En ella, mi padre era mucho más joven y sonreía. Los dos lo hacíamos.
Una vez escuché que para tener una perspectiva real y fiable de cualquier situación, hay que mirar desde la cima de la montaña para disfrutar de una panorámica completa de lo que te rodea. Ahora sé que he vivido siempre en la ladera. Sentada ante la tumba de mi padre, soy consciente de que no podré hacerle todas las preguntas que se amontonan en mi cabeza. Ya es demasiado tarde.


















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Comentarios
Caliani, ¿perezosa?. Bueno, vale, ya me pongo con el próximo. Gracias, compi
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