
Aunque el equilibrio y la templanza eran algunas de sus grandes virtudes, Luis estaba nervioso. Apenas probó bocado en el desayuno y eso que siempre gozaba de un apetito voraz. El cosquilleo que le acompañaba en el estómago era mudo testigo de su estado de ánimo. Parecía impensable tal estado de ansiedad después de todo lo que le había tocado vivir. Sin más dilación, salió para dirigirse a clase. Con andar presuroso, recorrió las empedradas calles de Salamanca, dejando vagar su mente hacia pensamientos más triviales con nulo resultado.
Tan ilusionado estaba por empezar que, cuando se quiso dar cuenta, ya había salido de la Rúa Mayor para encontrarse frente a la puerta de la facultad. Gris o no, para Luis era un gran día. Avanzó con paso ágil por los pasillos, saludando y deteniéndose de cuando en cuando con algún compañero para cruzar unas palabras. Se tomó un instante para disfrutar del momento. Mudó su sonrisa por un gesto más solemne y entró en el aula buscando su sitio.
Con paso firme, se encaminó hacia el estrado y levantó la mirada hacia sus alumnos de Filosofía Moral, tan expectantes como él. «Decíamos ayer…»–comenzó.


















![Validate my RSS feed [Valid RSS]](/../images/valid-rss-rogers.png)


Comentarios
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.