
¡Ha sido un día horrible! La mañana se ha levantado con una fuerte lluvia que no ha cesado en todo el día. Yo debía ir a correos para mandar unos documentos importantes a una Ong de Brasil.
He bajado pegada a la pared, bajo los balcones, para evitar que se me mojaran los pies. Un hombre, empujando a un niño con un carrito subía en sentido contrario también bajo los balcones, empapado y sinl aliento por el esfuerzo. El niño venía tapado con un plástico que llevan incorporados los carritos. Me he tapado la cara con el paraguas, simulando no verlo. Pero parece que él tampoco me ha visto a mí, porque no se molestado en desviar un milímetro su trayectoria hasta que el carrito ha topado con mi piernas. Le he pedido disculpas mientras comprobaba si me había hecho una carrera en las medias, pero el muy maleducado ni siquiera se ha parado a comprobar si me había hecho daño.
Con los zapatos húmedos y las medias rotas, he seguido mi camino pese a dudar si era forma adecuada de presentarse en correos, aunque ha decir verdad, la carrera tampoco se veía a simple vista. Una vez en la oficina postal y habiéndome pesado el sobre el funcionario me ha colocado un sello de uno veinte, cuando por peso debía haber puesto uno de uno diez. Al corregirlo, me ha dicho que es que no le quedaban sello de uno diez, pero que va a llegar igual a destino. Después de discutir con él, me he vuelto a casa con todos los documentos en la mano, ya volveré mañana o cuando tengan los sellos correctos.
Durante el camino de vuelta, delante de los congelados, un coche ha estacionado encima de la acera, impidiéndome el paso. Al bajarse el conductor y verme sortear el coche se ha disculpado, pero sin más ha entrado a comprar el periódico. Yo le he sonreído, para evitar un escándalo en medio de la vía pública, y al encontrarme con una patrulla de la policía local dos calles más arriba, les he comunicado la infracción. Espero que lo hayan denunciado.
Para rematar el día, antes de entrar en casa, un perro enorme que iba suelto y sin bozal, me ha saltado encima tratado de montarme. El dueño, al oír mis gritos, lo ha cogido por la cadena del cuello y lo ha sacado. Su única disculpa ha sido a modo de justificación extrañándose del comportamiento del animal. Resulta que nunca lo había hecho, hasta que lo ha hecho. Si no saben tener animales, por lo menos que cumplan con las normas. Además del susto, me ha roto las medias. ¡Y es que hoy ha sido un día de perros!


















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