
Mi padre dejó de herencia un piso de ciento cincuenta metros cuadrados en la calle Mercados, un chalet adosado en la Manga del Mar Menor, una abultada cuenta corriente de seis cifras en su banco de toda la vida y una esposa cuya mente había dejado de funcionar como debiera seis años atrás. Siendo hija única, muchos habían simultaneado el pésame con un guiño de complicidad. Seguro que fuera del tanatorio, en esos corrillos formados por fumadores y reporteros de muertes ajenas, más de uno comentó que me había tocado la lotería.
Hijos de puta.
Desde que mi madre enfermó y comenzó a dejarse encendido el fuego de la cocina, a echarse desodorante en el pelo en vez de laca, y a comprar el pan tres veces al día, mi padre centró su vida en ella. Nunca aceptó del todo su enfermedad. «Mamá está un poco despistada... es la edad». Nunca la dejó sola ni un momento. Vivió por y para ella. La ayudaba a asearse y, por la mañana, la vestía con sus mejores galas, la tomaba del brazo y se la llevaba a desayunar a la calle. Se sentaban siempre en una de las mesas más apartadas: mi padre odiaba que los conocidos se acercaran a hablar con ellos y detectaran que algo malo pasaba en la cabeza de mi madre. A veces les acompañaba en esos desayunos, y era enternecedor ver las atenciones de mi padre hacia ella. Décadas de unión averiadas por un cortocircuito cerebral. ¿He dicho enternecedor? No me he expresado bien: creo que quise decir desgarrador.
Dos años antes de que mi padre nos dejara, la entidad bancaria en la que yo trabajaba se fusionó con otra mayor. Me hicieron una oferta de prejubilación tan suculenta que estuve a punto de bailar "Stayin' Alive" en el despacho de mi jefe. Cincuenta y cinco años, divorciada y sin hijos, eso sí que fue una lotería. Recuerdo que ese mismo día compré un globo terráqueo en una papelería. Cerré los ojos, lo hice girar a toda velocidad y lo paré al azar con el dedo. Elegí el segundo destino que me tocó, porque el primero me llevaría a algún punto perdido del Océano Atlántico sin tierra donde poner los pies. Rusia. No era mi destino favorito, pero hice la maleta y saqué un billete a Moscú sin dudarlo. Y así fue como visité catorce países en veintidós meses. Fueron los dos mejores años de mi vida, a espaldas de una madre cuya razón se iba por el desagüe del tiempo y un padre que no podía hacer nada por evitarlo.
Una buena hija debe estar para las duras y las maduras. Cuando a mi padre se lo llevó un piadoso infarto a los ochenta años, decidí guardar mi egoísmo en la maleta y mudarme a casa de mi madre. Después del entierro, me la encontré en compañía de Maruchi, la señora que se encargaba de las tareas del hogar desde hacía tres años y que también cuidaba de mi madre cuando mi padre tenía que salir. También fue quien le encontró muerto en la cama y quien impidió que mi madre viera a los empleados de la funeraria llevarse el cuerpo sin vida de su marido. Un ángel protector que había sido un pilar fundamental en los últimos años de vida de mi padre.
Nadie le había dicho nada a mi madre sobre la muerte de mi padre. En su estado, no sabía si era bueno decírselo o no. Maruchi estaba sentada junto a ella en la salita, con rostro circunspecto. Mi madre miraba la tele. O mejor dicho, los fulgores de la tele. Su cabeza estaba perdida en algún lugar del interior del tubo de rayos catódicos. Cuando giró la cabeza hacia mí me sonrió, y yo le devolví la sonrisa:
—¡Hola, Chiqui! —siempre me llamaba así—. Ven, dame un beso.
La abracé, tragándome las lágrimas. Al menos, por ahora, me reconocía. Ella me obsequió con una de esas ráfagas de besos que te dejan convencida de que necesitarás audífono para el resto de tu vida. Cuando me liberé de sus brazos, me preguntó por mi padre. Le dije que había tenido que salir de viaje por unos asuntos. Maruchi me recompensó con una mirada de complicidad. Mi madre puso una cara muy triste:
—Este hombre... ¿cómo se le ocurre dejarme sola? ¿Cuándo vuelve?
—En dos o tres días, mamá. Yo me voy a quedar contigo mientras tanto, ¿vale? Esta noche veremos la tele y nos lo pasaremos bomba, como cuando yo vivía aquí, ¿te acuerdas?
Ella perdió de nuevo la vista en el resplandor del televisor. Cinco minutos después me repitió la pregunta. «¿Dónde está papá?». Maruchi decidió que era hora de irse a casa. «Mañana a las nueve estaré aquí como un clavo», me aseguró.
Esa noche, mi madre me preguntó al menos cien veces dónde estaba mi padre. Yo le respondía lo mismo una y otra vez, tratando de aguantar el mal humor que comenzaba a hervir en mi estómago. En silencio, le reproché a mi padre su marcha. Esa noche, lloré como si quisiera derramar todo mi ser sobre la cama. No lloré por la muerte de mi padre, ni por la desgracia de mi madre.
Lloré por mí.
Al día siguiente, en cuanto llegó Maruchi, salí de casa anhelando el refugio de la calle. Sin cita previa, me planté en la consulta de mi amiga Sandra Berlanga. Hacía al menos dos años que no la llamaba, pero la necesidad superó al apuro. Era psicóloga, y yo necesitaba ayuda para afrontar mi nueva situación. Por primera vez en mi vida, no me sentía preparada para algo.
Sandra me atendió con cariño y sin rencor. Una amistad verdadera resiste intermedios de años. Habló conmigo durante más de tres horas. Me dijo que la enfermedad de mi madre afectaba más a los que la rodeaban que a ella misma. Referente a la muerte de mi padre, me dijo que lo mejor sería decírselo. Iba a ser duro, pero poco a poco, a base de repeticiones, acabaría asumiéndolo. «Los viejos son más fuertes que nosotros en lo que respecta a la muerte —me aseguró—. A esa edad, la consideran un alivio».
Se negó a cobrarme la consulta, y yo no pude hacer menos que invitarla a comer. Aún estábamos dando cuenta del primer plato cuando me preguntó si no me había planteado la posibilidad de meter a mi madre en una residencia. Le dije rotundamente que no. Mi padre haría saltar la tapa del ataúd desde dentro si lo hiciera. Me recomendó paciencia, mucha paciencia.
Paciencia infinita.
En cuanto llegué a casa, mi madre me preguntó de nuevo por mi padre. Maruchi me confirmó lo que ya sabía: que llevaba así toda la mañana. Tomé aire y me senté junto a ella en el sillón de orejas que siempre había sido el trono de mi padre. Era gemelo del de mi madre, y ambos gozaban de vistas privilegiadas al JVC de veintiocho pulgadas. Darle la noticia de su muerte fue mucho más difícil de lo que yo esperaba. Las palabras se atascaron en mi garganta, hinchadas por el gas tóxico de la tristeza. Intenté ser delicada, todo lo delicada que se puede ser en un momento así.
Mi madre rompió a llorar como si le hubieran reventado todos los órganos a la vez. Jamás la había visto así, pero también es verdad que nunca antes le habían dado una noticia tan dura. Lloró con la desproporción de la locura, y a Maruchi y a mí se nos hizo trizas el corazón. Era la viva estampa del dolor extremo, del quiebro cataclísmico de la cordura y de la más devastadora desolación. Tras la crisis de llanto, vino un estado de agotamiento catatónico que provocó que Maruchi no quisiera irse a su casa, preocupada por la situación.
—¿Era necesario decírselo? —me preguntó, una vez que acostamos a mi madre en la cama de matrimonio, que ahora se veía inmensa sin mi padre—. Nunca la había visto así de mal.
Algo en su voz me transmitió recelo. Puede que también rencor. Me sentí herida. Sufría el peso de la culpabilidad como si llevara a cuestas un cargamento de piedras, y yo lo único que había hecho era seguir a rajatabla las instrucciones de mi amiga Sandra.
—La psicóloga dice que sí —respondí, sin entrar en demasiadas profundidades—. Es duro, pero acabará aceptándolo y será mejor para ella a medio plazo.
Mi madre pasó la tarde y el principio de la noche metida en la cama, con la mirada perdida en la pared. Había enmudecido. Al menos, ya no preguntaba por mi padre. El impacto de su muerte había sido tal que había quedado grabado en su memoria hecha añicos. Maruchi se marchó alrededor de las ocho, a pesar de que su hora habitual de salida eran las cinco. Lo hizo a regañadientes, y solo bajo la promesa de llamarla por teléfono si la cosa empeoraba. Me advirtió que al día siguiente vendría a las ocho, en vez de a las nueve. Se lo agradecí.
Mi madre apenas probó la cena, tan solo lo justo para acompañar la medicación, que incluía una pastilla milagrosa que la ayudaba a dormir. Cuando cerró los ojos, me fui a la salita y me dejé caer en el sillón de mi padre. Enterré la cabeza entre las manos y me eché a llorar. Los protagonistas de la serie que daban por la tele fueron los únicos testigos de mi hundimiento. Un hundimiento que tendría que reflotar por la mañana, porque mi madre no se merecía más tristeza de la que ya tenía que soportar.
Al día siguiente, poco después de que el sol coloreara de naranja el horizonte urbano, mi madre se levantó. Se presentó en la cocina despeinada, con las zapatillas viejas y el camisón arrugado. En ese preciso momento, fui consciente de todos y cada uno de sus setenta y ocho años. Olía a cansancio y a derrota. Más muerta que viva, a pesar de que sus analíticas eran de libro y no tenía otra enfermedad que la de su mente. Forcé una sonrisa que ella no me devolvió. En lugar de eso, me preguntó:
—Chiqui, ¿dónde está papá?
Aunque me esperaba la pregunta, no me sentí preparada para la respuesta. Así que a pesar de lo intempestivo de la hora, llamé a Sandra, tomándome al pie de la letra lo que me dijo el día anterior de que la llamara a cualquier hora. Con voz entrecortada, le narré lo sucedido ayer, y ella me escuchó con paciencia profesional. Una vez terminé mi catarsis, ella insistió en que volviera a decirle la verdad. Solo así acabaría aceptándolo.
—Si cree que tu padre sigue vivo, se desorientará aún más si no está en casa con ella. Le creará una sensación de abandono mayor que si encaja la idea de que se ha ido para siempre.
Y de nuevo, me senté con mi madre en la salita. Como cantaba David Coverdale en Here I go again: ahí voy otra vez, sola.
Armándome de valor, le volví a comunicar, con toda la dulzura que pude reunir en ese momento, que su marido había muerto. Y como un horripilante déjà vu, el llanto regresó con la misma fuerza de ayer. Mi madre había borrado de su cabeza el infierno del día anterior y recreaba uno recién salido del horno a primera hora de la mañana. Maruchi llegó en mitad del espectáculo y volvió a preguntarme si aquello era necesario. Discutimos durante media hora, con los hipidos de mi madre de fondo. Maruchi abogaba por la mentira piadosa, y yo por el criterio clínico. La verdad es que no sabía quién de las dos tenía razón. En ese momento, me sentía como el pasajero de un bote sin remos en mitad de un tsunami.
—Usted es su hija —dijo, al fin, echándome a mí el mochuelo; su sentencia a lo Poncio Pilatos estaba preñada de mala leche—. Usted sabrá lo que hace mejor que yo.
Y un día más, revivimos la muerte de mi padre. Y no fue el último.
Todas las mañanas, después de una noche de sueño inducido por una dosis de calmantes que su médico de cabecera tuvo a bien aumentar, mi madre me preguntaba por mi padre. Y un día tras otro, yo le comunicaba la noticia de su muerte, y encajaba con resignación y fortaleza las miradas acusadoras de Maruchi, que se concentraba en sus labores domésticas dejándome a mí la tarea de bregar con el dolor de mi madre. Lo peor es que aquello se convirtió en una rutina, y ese sufrimiento, renovado a cada amanecer como si no hubiera existido un ayer, acabó dejando de ser doloroso para mí. Le comunicaba la muerte de mi padre a diario, mi madre se deshacía en llanto, y yo la dejaba llorar, derrotada por aquel velatorio eterno que me había tocado vivir un día tras otro.
Adelgacé diez kilos en dos meses, y la calle se convirtió en mi refugio ideal. Vagabundeaba por las avenidas mirando escaparates de ropa que nunca compraría. ¿Para qué? Como un carcelero medieval, tenía que cumplir la misma condena que el reo al que custodiaba, aunque yo estuviera al otro lado de las rejas. A veces regresaba a mi casa, que había cerrado al morir mi padre, y llenaba mis pulmones con su aliento a abandono. Me tumbaba en mi propia cama y me echaba a morir. Mi padre había sido un héroe. Ahora que me había tocado vivir su vida, le admiraba más que nunca.
Han pasado dos años y mi madre, gracias a Dios, ha empeorado. Maruchi se despidió a los cuatro meses de mudarme a casa y la sustituí por Estrella, una ecuatoriana joven y todo corazón a la que al menos le caigo bien. Con el tiempo, mi madre se quedó sin fuerzas para llorar. Hoy, apenas me reconoce y se ha empeñado en jugar con mis viejas muñecas. Ya no se acuerda de mi padre, pero a veces pregunta por el suyo. Le digo que está trabajando y que pronto volverá. Sonríe, y tras peinarle el pelo a la muñeca durante unos minutos, me vuelve a repetir la pregunta. He aprendido a responderle sin desesperarme. La veo feliz. Ya no llora. Su involución es positiva, a mi modo de ver.
Quiero a mi madre. La quiero más que a nada en este mundo. Pero hay días en los que me asomo a la ventana, veo que el mundo sigue su curso como si nada, y deseo estar ahí fuera, respirando algo distinto a este viaje eterno a un pasado que no viví.
Ahora solo me queda esperar. Esperar a que la muerte de mi madre me devuelva la vida.


















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Comentarios
Este relato, a mi modo de ver, tiene una dificultad añadida y es el tema que trata. Un tema delicado en los tiempos que corren por lo duro y real. Mi veredicto: sublime.
Ufff, esta historia me suena...Es tremeda.
¡¡Enhorabuena, Caliani!! Me ha gustado
Besote.
Pero como siempre, la psicóloga de turno, metió la patita.
¡Menudo pedazo de animal! En vez de aguantar 20 preguntas sobre su marido, mil días de agonía le ofrecía al despertar y preguntar.
Es durísimo lo narrado pero por desgracia, nadie estamos libres de pecado.
Es solo una opinión pero ojalá existiese la eutanasia y no por el enfermo sino por mí, posible futuro enfermo y, por tanto, torturador de todo el que se encargue de mí.
Claro que, la anclada mente de la hija, residencia, no... eso es decimonónico, xD!!!
Gracias por tus relatos, Alberto.
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