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relatos_Paraiso4

Armando Brito, el dueño de la Cafetería El Croissant, vio a don José Pilón arrastrando su cheposa anatomía calle arriba. Los ojos de Brito mutaron en símbolos de euro, y tuvo que sorber saliva para no babear de codicia. Don José Pilón: tal vez el cliente más exigente, implacable y malasombra de toda la ciudad. Su apellido le sobraba. El nombre de don José se pronunciaba en susurros entre los camareros, como si mencionarlo en voz alta le hiciera materializarse cual espíritu maldito. Si bien los dueños de los establecimientos hosteleros se lo rifaban —solía convertirse en cliente asiduo y nunca dejaba a deber—, los camareros le temían como a la peste negra. Era antipático, sangregorda, prepotente e insoportable. Para colmo, prejubilado de banca como era, tenía las mañanas libres para propagar el terror por las cafeterías que frecuentaba de nueve de la mañana hasta bien pasado el mediodía, cuando regresaba a su guarida a amargarle la vida a su santa esposa.


El dueño de El Croissant rezó a todos los dioses del Universo para que don José se sentara en su terraza. Previniendo esta posibilidad, Brito pasó un paño por la primera de las cuatro mesas que la conformaban, transformándola en un espejo. Hizo cálculos mentales a todo gas: si se hacía cliente habitual y venía a la cafetería unas trescientas veces al año (quitando los días de descanso y posibles indisposiciones por motivos de salud), a un euro con cincuenta el café, daba un total de cuatrocientos cincuenta euros anuales. Apagó el Ducados que se estaba fumando en el cenicero de pie que tenía en la puerta, se asomó al interior del local y advirtió a su único camarero:


—¡Rafa, atento! ¿Adivina quién viene hacia aquí? —el empleado, que era buen camarero pero pésimo vidente, se le quedó mirando con cara de póquer—. ¡Don José! —reveló Brito, como si hubiera sido su obligación adivinarlo—. Si se sienta en la terraza, trátale bien y ten mucha paciencia con él. Sé que es un coñazo, pero si le pillamos de cliente, es de los que vienen a diario.


Rafa asintió con desgana, preguntándose qué mal había hecho últimamente para que Dios le enviara tal plaga. Se armó de trapo, libreta y lápiz y se apostó en la puerta de entrada. Se asomó como si hubiera un tiroteo en la calle y lo vio a pocos metros de la terraza. Don José se detuvo, examinó las mesas, rechazó la que estaba limpia y se sentó en la del centro, que lucía un casi imperceptible cerco de vaso añejo, unas moléculas de ceniza y, en su esquina, una cagada de paloma reciente que sí era bien vistosa. Maldiciendo al anónimo pájaro defecador, Rafa procedió a limpiar la mesa, que era inspeccionada por don José con un evidente gesto de asco.


—¿Esperan a que lleguen los clientes para limpiar las mesas? —esas fueron las primeras palabras que don José dedicó a Rafa, que haciendo oídos sordos a la primera puya, restregaba la superficie de aluminio como si debajo fuera a encontrar oro.


—Perdone, señor —se disculpó sin dejar de frotar, cuidando mucho que la bayeta no dejara rastros que pudieran ofender a don José—. ¿Qué desea tomar?


—Algo simple, a ver si me lo trae usted bien —la introducción, que sonó a desafío, no presagiaba nada bueno—. Un café con leche, en taza, no en vaso, con dos dedos de café, cuatro de leche, con dos bolsitas de sacarina en polvo, nada de comprimidos. Ni demasiado caliente, que me escalde, ni demasiado frío, que me haga vomitar. ¿Entiende?


A Rafa le entraron ganas de hacer una gracieta y contestar que no entendía, que le gustaban mucho las mujeres. Vamos, que no era gay. Tras estudiar la cara de perro de don José, pensó que sería mejor no hacerlo.


—Entiendo —respondió Rafa, ahorrándose el chascarrillo—. ¿Nada de comer? —añadió.


—Si hubiera querido algo de comer, se lo habría pedido, ¿no cree?


—Tiene usted toda razón —concedió Rafa, sin alterar su sonrisa y recalcando la palabra toda—. Ahora mismo le traigo su café.


Brito estaba parapetado detrás de la barra, expectante, como el crío que ha mandado a su amigo a comunicarle a la guapa de la clase que le gusta. En cuanto Rafa entró, le bombardeó con preguntas:


—¿Qué te ha pedido? ¿Ha sido amable? ¿Es tan desagradable como dicen? ¿Ha comentado algo de la cafetería?


Rafa apartó amablemente a su jefe y se enfrentó a la máquina de café, decidido a afrontar el reto de don José Pilón en solitario:


—Responderé tus preguntas por orden: café, no, sí, nada bueno. ¿Tienes un termómetro de esos de bebé por ahí? —por la cara que puso su jefe, Rafa se dio cuenta de que los nervios no le habían permitido captar la ironía—. Déjalo, es broma. Reza para que esté a la temperatura perfecta.


La proporción de café y leche, aún a ojo, fueron dignas de alquimista. Dos dedos de café a temperatura máquina estándar. Rafa cogió el tetrabrik de leche. Coño, ¿desnatada o normal? A toda velocidad, repasó mentalmente la lista de especificaciones del café Pilón, y no recordó que hubiera mencionado nada especial acerca de la leche. Cogió el cartón con el dibujo de una vaca muy feliz que se relamía debajo de la palabra ENTERA y la vertió en la taza, que fue examinada tres veces en busca de la mínima mancha o desconchón. Ahora venía lo más difícil: el vaporizador. Rafa giró el mando y el ingenio italiano bufó como el Orient Express, exhalando una nube de vapor hirviente que calentó la taza en segundos. «Ni demasiado caliente, que me escalde, ni demasiado frío, que me haga vomitar». Mira por donde el buen señor vomitaba con lo frío. Rafa se lo imaginó echando las papas con un Häagen-Dazs de vainilla con nueces de Macadamia y soltó una risita estúpida. Brito le observaba en apnea desde fuera de la barra. Ni se atrevía a decirle nada: había depositado su destino en las manos de su empleado, mientras éste preparaba el café más estresante de su carrera.


Rafa movió la taza arriba y abajo un par de veces, para crear algo de espuma en la superficie del café, como les gustaba a sus clientes más pijos. Ahí decidió jugársela, ya que don José no había dicho nada al respecto. En ese momento pensó que el detalle le gustaría. Rafa devolvió el mando del vaporizador a su posición de off y se deleitó con su obra: olía de maravilla. Buscó la cuchara más impoluta de El Croissant, una en la que pudiera ver (aunque deformado por lo cóncavo y convexo del cubierto) hasta el último punto negro de su nariz. Puso la taza sobre un plato que merecería formar parte de la vajilla del Papa, dos sobres de sacarina como don José mandaba y la cucharilla reluciente al lado. Como guinda, le puso una de las galletitas envasadas que Brito reservaba para obsequiar a determinados clientes, sobre todo a las señoras que acudían a diario a merendar mientras desollaban con sus comentarios mordaces a la amiga ausente de turno.


Con su obra de arte ocupando el centro de la bandeja redonda de acero, Rafa caminó hasta la mesa donde le esperaba don José, que le dedicaba una mirada muy parecida a las que Linda Blair brindaba a Max Von Sydow durante las escenas más apoteósicas de El Exorcista. Como mandan los cánones hosteleros, Rafa depositó la comanda sobre la mesa con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa discreta. Nada más aterrizar la taza, don José cogió la galleta como quien atrapa a una cucaracha a la carrera y la lanzó sobre la mesa con gesto impertinente:


—Esto sobra —dijo, para seguidamente explicar—. Soy diabético.


Con lo poco dulce que es, y diabético el hijoputa, pensó Rafa. ¿Existirá la diabetes de vinagre? Tal vez sea esa la que tenga. ¿Y cómo iba a saber yo que era diabético? ¿Tendría que tomarle una muestra de sangre a cada cliente que se sienta en la terraza y me pide un café? Mientras estos pensamientos desfilaban por su mente, Rafa retiró la galletita (tras musitar un casi inaudible perdón) y esperó a que don José le diera el visto bueno al café. Éste lo examinó como quien contempla un análisis de orina de primera hora de la mañana.


—¿Y toda esta espuma, qué? —dijo al fin—. ¿Le ha echado Fairy al café, joven?


—Pensé que le gustaría con un poco de espuma —se disculpó Rafa, sintiéndose decepcionado—. A mis clientes más selectos (estuvo a punto de decir pijos) les gusta así.


—Pues menuda clientela selecta que tiene usted —replicó don José, con retintín—. Si meto la boca ahí acabaré con un bigote como el de Einstein.


—Tiene usted razón —claudicó Rafa una vez más—. Discúlpeme... voy a cambiarle el café.


—Ni se le ocurra —le espetó don José; estuvo a punto de sujetarle la mano—. Este al menos huele más o menos bien, así que limítese a quitarle el exceso de espuma, no vaya a ser que estropee usted otra cosa al hacer otro...


Rafa se visualizó a sí mismo echándole el café caliente por la cabeza a don José, cosa que hasta le sorprendió, ya que no era nada propenso a dejarse llevar por la ira. ¡Si hasta su novia le decía que era un huevón! Don José estaba despertando algo muy oscuro en el interior del camarero, que regresó al local con un rictus en su rostro que su jefe definiría luego como inédito.


—¿Pasa algo, Rafa? —le preguntó Brito, alarmado—. ¿No le ha gustado el café?


—Exceso de espuma —diagnosticó éste, a la vez que la eliminaba con una cucharilla.


—Cámbiaselo, ¿no?


—Negativo: dice que este huele bien, y tiene miedo a que le ponga otro que no le guste.


—¡Venga, campeón, que ya es tuyo! —le animó Brito, dándole una palmada amistosa en el brazo que a Rafa le sentó como si le hubiera rascado la espalda con la escobilla del váter—. Si queda satisfecho te doy veinte euros de propina, así que sal ahí fuera, hazle una buena faena a ese toro y corta las dos orejas y el rabo.


Al oír eso, Rafa se vio a sí mismo ofreciendo las orejas y el pene de don José a un público enardecido que le aclamaba asomado a las ventanas y balcones de la calle. En su visión, estaba vestido con traje de luces en vez del atuendo compuesto por el típico pantalón negro y camisa blanca de camata de barrio. Por supuesto, iba a hombros. Joder, no llevaba ni cinco minutos bregando con don José y ya estaba volviéndose loco...


Y de repente, estaba de nuevo frente a la mesa del miedo, con la mirada cejijunta de don José clavada en él. ¿Cómo habría sido cuando trabajaba en el banco? ¿Habría estado de cara al público? Si había sido así, la sucursal había tenido que cerrar por cojones. Enumeró las entidades que se habían ido al garete en los últimos veinte años e imaginó que don José se habría cargado alguna de ellas.


—¿Qué entiende usted por eliminar el exceso de espuma? —don José silabeó con lentitud la palabra exceso—. Le ha quitado toda la espuma, ahora ya no tiene gracia...


Uno, dos, tres...


—Creo que será mejor que empiece de cero y le cambie el café —propuso Rafa.


...cuatro, cinco, seis...


—Espere que lo pruebe —contestó don José, dándole un sorbo; hizo un mohín que el camarero no supo interpretar y le devolvió la taza a la vez que exponía una detallada evaluación—. No está del todo mal: la temperatura es más o menos correcta, la proporción de café y leche creo que es la adecuada, la sacarina no parece mala ni la calidad de la leche tampoco. Pero le falta algo. No sabe como los cafés que tomo normalmente por ahí. Creo que con la espumita justa estaría perfecto... ¿puede hacerlo? —la pregunta volvió a sonar a desafío.


...siete, ocho, nueve...


—Por supuesto —dijo Rafa, recogiendo la taza y entrando de nuevo en la cafetería, donde Brito esperaba noticias con el sinvivir de un padre primerizo en la sala de maternidad.


—Veinte euros —le recordó Brito, con voz hipnótica.


...y diez.


Veinte euros: eso es lo que vale mi dignidad para mi jefe, pensó Rafa. Volvió a meter el tubo del vaporizador en el café y lo movió hasta crear una leve espuma. Eso hizo que la taza volviera a desprender un aroma delicioso. Y entonces, sin que Brito le viera, Rafa dejó caer una saliva espumosa de su boca. No llegó a la categoría de gargajo. Fue solamente espuma, y no poca: con lo que Rafa echó en la taza de don José podrían haberse hecho tres mil pruebas de paternidad. Mezcló la espuma de la leche con la suya propia hasta que quedó disimulada, teñida por el color marrón claro. Y una vez más, salió al ruedo.


Esta vez, don José le dio el visto bueno. Incluso se atrevió a dedicarle algo parecido a una sonrisa condescendiente. Le dijo que ese era el sabor exacto del café que le gustaba. Cuando se lo terminó, pagó el euro cincuenta y le dejó a Rafa diez céntimos de propina. Meses más tarde el camarero comprobaría, comentándolo con otros colegas sufridores de don José, que aquello era una fortuna dentro del baremo de sus dádivas.


Ese día, cuando Brito le preguntó por enésima vez qué había pasado con don José, Rafa le respondió de forma escueta:


—Dame mis veinte euros. Dice que (aunque me ha costado entenderlo) le he dado el toque maestro al café, y que vendrá todos los días alrededor de las once. ¡Ah! Y que le compres galletitas sin azúcar, de esas para diabéticos...


A Brito le faltó gritar albricias y ponerse a dar saltos por el barrio. A partir de ese día, mañana tras mañana, don José se sentaba en la mesa más sucia de la terraza para que Rafa se la limpiara. Solía mandarle el café de vuelta por lo menos dos veces por semana, y siempre acababa tomándoselo con una buena dosis de fluidos procedentes de las glándulas salivares de Rafa. Nunca sospechó nada, ni siquiera cuando Rafa y él compartieron catarros y gripes. En una ocasión, don José se solidarizó con el herpes labial de Luisito, el camarero del bar El Centro, y otra vez sufrió un virus gástrico súper raro, justo a la vez que Fernando, el barman del café Rivas. Don José no sabía que el toque maestro que más le gustaba de sus cafés matutinos era el mismo en todos los establecimientos que frecuentaba.


Lo mismo que existen hermanos de sangre, existen hermanos de babas, y don José se había ganado a pulso una familia numerosa.







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Comentarios  

 
+1 #1 Evelyn 26-04-2012 00:27
Que relato mas gracioso y mas asqueroso a la vez jajaja muy bueno el toque maestro, es lo que tiene jugar con la mano que te da de comer jajaja me he partido de la risa eh jaja
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