
Odio la universidad. En realidad soy la clase de persona a la que le resulta fácil odiar todo lo que ve. Todo lo que toca. Todo lo que vive. Soy la clase de persona que se odia a sí misma por encima de todo, y que odia a sus padres. Odio a mis amigos y odio a mis jefes. Odio a mi ex novia. Odio a sus padres y a su hermana. Odio todo lo que se deje odiar, y te odio a ti también, aunque no te vea. Aunque no signifiques nada para mí, porque odiar es mi manera de respirar, mi manera de levantarme por las mañanas. Me paso la vida intentando cambiar todo lo que no me gusta de mí, y me compro ropa nueva, hago ejercicio, me cambio el peinado, compro cremas y jabones especiales para mi piel. Tengo lentillas de todos los colores que se te ocurran.
Y una vez que he cambiado todo lo que quería cambiar, no me gusta mi nuevo yo.
Y vuelta a empezar.
Date por perdido.
No siempre fui así. ¿Cómo lo llamaba mi madre? Sentimentalmente muerto. Empáticamente en coma. Si miras dentro de mis ojos, no verás nada. Ni un atisbo de aliento vivo, ni una pizca de ser humano. Soy lo que podríamos llamar un paralítico emocional. Y, como te decía, no siempre fui así. Porque cuando estaba en la universidad, yo era de esos que quería casarse, que quería llevar a sus hijos los domingos al partido y quería disfrutar de una vida tranquila y económicamente estable. Ahora estoy drogado, mientras te cuento todo esto. Mientras odio, tomo drogas, veo porno, como comida basura y a veces uso la cuchilla de afeitar para hacerme cortes pequeños y controlados en el pecho. Para sentir algo. Soy un vegetal sin alma.
Empecé a odiar a las mujeres cuando mi ex novia decidió enfatizar su faceta de chupapollas por encima de la de novia modelo. Cuando decidió que yo no era nada que mereciese la pena tener en cuenta. Me daban tanto asco las mujeres que no me veía capaz de meter mi preciado pene dentro de una de ellas. Y entonces empecé a coleccionar porno, como una adicción. Gigas y gigas de porno. Porno casero, porno de superproducciones, parafilias, porno de chicas con chicas, un chico y muchas chicas, muchas chicas y muchas pollas de plástico...Me volvía loco y me la cascaba cinco o seis veces al día. Me hice una herida bastante seria en el frenillo que nunca llegaba a curarse porque no era capaz de dejar de masturbarme.
Y durante esa época, llamó mi madre.
“ Tu padre ha muerto”.
Fue lo único que dijo porque yo colgué el teléfono después de oír la noticia...

El hospital era un hervidero de gente. En la sala de espera se sucedía un ir y venir de enfermos, familiares y personal sanitario, y las incómodas sillas de plástico tenían más demanda que el agua fría en el desierto. A las diez de la noche de aquel sábado, Roberto y Susana atravesaron las puertas automáticas de Urgencias y se dirigieron a la recepción. Al llegar al mostrador, él depositó en el suelo las bolsas que cargaba y comenzó a buscar, nervioso, la tarjeta sanitaria en la cartera. Susana se llevó las manos a los riñones mientras seguía resoplando con el rostro congestionado. Había llegado la hora: su primer hijo se abría paso para venir a este mundo.
Pasaron veinte minutos hasta que les llevaron a una habitación donde Roberto pudo por fin soltar los enseres que habían preparado durante semanas para aquel momento: ropa para Susana, para el bebé, pañales, biberones, productos de aseo… Si habían montado todo ese despliegue para el parto, Roberto no quería ni pensar cómo sería hacer un equipaje para irse una semana de vacaciones. Padres y suegros no tardaron en llegar; solo pudieron permanecer unos minutos en la habitación, ya que Susana fue trasladada al paritorio. El resto fue enviado sin contemplaciones a una sala donde familiares nerviosos esperaban noticias de los alumbramientos que se estaban produciendo aquella noche de febrero. Roberto recorrió kilómetros en la sala de espera. El parto se había adelantado un par de semanas y Susana era madre primeriza. Sin ser creyente, rezó a todos los dioses conocidos y los que no lo eran, rogando que su hijo naciera sano y que a Susana no le sucediera nada malo.
Horas después, una enfermera sonriente trasladó al bebé a la sala de incubadoras. Era un niño algo menudo pero sano: no pasaría allí más de unos días. La habitación estaba llena de críos. Parecía como si todas las parturientas hubieran hecho un pacto secreto para romper aguas ese mismo día. Con el bebé todavía en brazos, fue en busca de un auxiliar:
Necesito que encuentres a un celador para que baje al almacén a por una incubadora. Que se asegure de que esté en regla y haya pasado la inspección…
—No hará falta —sonrió el auxiliar haciendo un guiño cómplice, mientras señalaba a su espalda—. Nos acaban de devolver esta que se habían llevado a reparar.
—¡Genial! —exclamó la enfermera, aliviada—. Metámosla dentro y pongamos a este pequeñín a descansar.
El niño, que había estado tranquilo hasta entonces, comenzó a...

LA NOCHE EN QUE FRANKENSTEIN LEYÓ EL QUIJOTE / Santiago Posteguillo
Editorial: Editorial Planeta
Páginas: 230
Santiago Posteguillo nos trae una de esas delicateses que los amantes de la literatura, y los no tan amantes, sabrán apreciar, estoy seguro de ello. El libro se devora, pero no sin darte cuenta. Cada uno de los hechos que se narran son saboreados porqué están sabiamente aliñados con el condimento justo. El libro consta de veinticuatro artículos cortos, veinticuatro anécdotas sobre escritores o escritos que generalmente son desconocidos por el gran público y que ponen de relieve la faceta más humana y menos ficticia de la literatura.
Al inicio de la campaña de promoción del libro, oí una entrevista en la radio al autor, y no pude resistirme. Ha decir verdad, empecé a leerlo en unos grandes almacenes mientras hacía tiempo. Rodeado de estanterías y pasillos ordenados bajo la lógica comercial, yo leía ¿Quién inventó el orden alfabético?, ironías del azar personal. Y me deje llevar a otras, afortunadamente más significativas para la historia de la literatura. Shakespeare, Cervantes, Dumas, Verne, Dickens, Doyle, Kafka, Dostoievski, Austen,… por citar algunos escritores a los que nos acerca el autor.

Algunas de las anécdotas son bien conocidas, como las lecturas que hacía Dickens de sus propias novelas, o la persecución de la Gestapo a los escritos de Kafka, pero no por ello desmerecen el libro. Si le tengo que poner algún un pero, es el afán que pone el autor a que el lector juegue a ser Sherlock Holmes. De forma intencionada y repetida, Posteguillo esconde el nombre del protagonista, o solo utiliza el nombre de pila, a fin de no revelar exactamente sobre quien está hablando. En mi opinión, el autor ha abusado en exceso de este recurso.
De entre todos los artículos, hay uno que me ha puesto los pelos...

- Te lo voy a explicar, porque una serie de psiquiatras me lo preguntarán en el juicio y quiero dar una explicación más o menos cuerda. Esta será la última vez, porque me van a pillar. Nadie escapa durante tanto tiempo, y ya casi me tienen. Así que tendrás que hacer de mi público. La pregunta es muy sencilla: ¿por qué hago lo que hago? Es pretencioso por mi parte, lo sé, pero creo que puedo explicar el hecho de que muchos asesinos en serie elijan mujeres como víctimas, ¡y diré más!, puedo explicar el machismo en sí mismo. Y cuando escuchen mi explicación, muchos hombres tendrán que levantarse y aplaudir mi ocurrencia. ¡A lo mejor incluso me encuentran inocente! Bueno, no tanto, porque he matado a muchas como tú, todas jovencitas, de no más de diecinueve años, todas bellas y de cuerpos apetecibles. Todas volvían solas a casa, y es que hay algo en las chicas que volvéis solas a casa, ese vulnerabilidad, ese “ven a por mí, estoy confiada”. No puedo evitarlo, soy un tipo de gustos exquisitos. El caso es que entiendo a todos los hombres que odian a las mujeres, porque yo también os odio y por eso me dedico a asesinaros, no sabría decir a cuántas he matado, porque todas me parecéis igual y no me siento en la necesidad de llevar una cuenta detallada. Según he leído, ese es un rasgo muy poco común de los asesinos en serie, ¡soy un tipo especial! A lo que iba, lo entiendo y he reflexionado mucho sobre ello, he buscado una explicación, porque ante todo soy pragmático y sé que mi fijación, y la de otros muchos como yo, debe responder a algo más que al azar o al simple apetito sexual. ¿Te sorprendes? ¡Vaya! Creí que lo dabas por supuesto, lamento decírtelo en frío, pero voy a violarte. Para ser más específicos, te voy a follar hasta que me canse, y después de cansarme voy coger aquel palo y voy a seguir follándote con él, hasta que sangres por dentro y tu útero se convierta en un revoltijo de sangre y trozos de carne arrancados. Una papilla, vamos. Y después te lo meteré por el culo, ¡no me mires así! ¡Soy un monstruo! ¿Qué esperabas? Voy a violar tu culo de adolescente y te escupiré, te insultaré y te pegaré y te quemaré con mis cigarrillos. ¡Pero no adelantemos la diversión! ¡No veo el momento de hacerte todo eso! Pero necesito...


















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